martes, 23 de marzo de 2010

MIMOSA 2010


Un año más; ya van...

Este año llegamos a los oceánicos amarillos a tiempo de su esplendor
Ángel Cardín, Eva, Angelito, Susi, Bernardo y yo.

También se han ido para siempre Gaspar y Eugenia. Los recordamos.

No quedan lañadores, afortunadamente

¡Qué barbaridad! Cómo han cambiado los tiempos (para mejor, digan lo que digan los individualistas; ¿cuál es la esperanza de vida? por algo será).
Antes del advenimiento de la llamada sociedad de consumo, en el momento de testar se hacía inventario de cada tenedor, toalla, pieza de calzado, haces de leña... El valor de uso primaba sobre el de cambio. Existía el oficio de lañador. Ya no es así. Ya nadie laña un plato o una bandeja ¡afortunadamente!
Hay quien no se ha enterado ¡qué barbaridad! Y arremete una y otra vez contra molinos de viento considerándolos gigantes fantásticos. No todos los relojes del saber van al unísono. ¡Qué barbaridad!
Una vez ya bien embarrados —cuando menos, los occidentales— en esta sociedad de consumo ¿cuánto vale un colchón con un año de uso, una olla con doscientos cocidos en su haber...?
¿Habrá testamento que recoja el inventario de estos utensilios de todo a cien o muy poco más? Parece que no. Sin embargo, ¡qué barbaridad! sí, hay quien se empeña, hasta el insulto personal, en inventariar lo que ya ni "para el rastro es" (¡Divino Sabina!).
Por algo será el que todavía de Cervantes y Lewis Carroll, entre otros cientos de imperecederos narradores, al leerles sus creaciones, sigamos aprendiendo tanto y tanto; constatando que no todos los relojes del saber van acompasados. ¡Qué barbaridad! Y eso que estos relojes nunca estuvieron tan baratos: un poco menos de FIFA y un poquito más de ALICIA podría ser una buena pomada. ¡Qué barbaridad! Los molinos de viento ya no muelen: producen electricidad.

miércoles, 3 de marzo de 2010

O Sabio



José Álvarez, O Sabio. Cenlle 1904, Roucos 2007.

Carta al hijo que va a contraer matrimonio




Vicente González, de apodo O Santiño (Freás de Ourantes, hacia 1860 - 1952) y su hijo Manuel González Arias (Freás de Ourantes 1890 - Roucos 1984). Fotografías de 1915.

Vicente le escribe la siguiente carta a su hijo Manuel, con motivo del matrimonio que éste contraerá al día siguiente con Eudosia Montero Puga (Roucos 1885 - 1967):


Nuestro siempre respetable hijo, se van acercando los momentos de la primera división que hace el primer miembro de mi familia. Que Dios os eche su santa bendición, yo también os echo la mía pidiendo a Dios os dé mucha tranquilidad y suerte, y que podáis salvar sin muchas dificultades los escollos de este tormentoso mundo. Si llegan al santuario de los Milagros dirigirle a aquella imagen una plegaria por el alma de mis padres pidiéndole a aquella virgen que renueve las gracias que a ellos [ya les] ha concedido, [y] de que la familia que Dios se digne a daros os sea útil para Dios y el mundo. Pues, querido hijo, tanto yo como tu querida madre y tus hermanos te pedimos, si hemos tenido alguna falta para ti, nos la perdones; si alguna hemos tenido vuélvele la culpa al cariño que te tenemos, como yo lo estoy probando con todos. Nosotros no tenemos qué perdonarte, que si tuviéramos lo hacíamos con el más grande cariño. Querido hijo me dejas la satisfacción de retirarte de la vida de soltero con el deber cumplido. Deseamos que si [el matrimonio] llegas a celebrarlo salgas con el mismo honor de la [vida] de casado; así lo deseamos, y pedimos a Dios que así sea. Y con esto nos despedimos con tristura y alegría, ofreciéndonos a tu esperada esposa para recibirla al seno de nuestra familia con el mayor agrado posible; con un recuerdo de nuestra parte para ella; y tú, querido hijo, recibe el corazón de tus padres que tiernamente te aman.

[firmas de] Vicente González y Adelaida Arias
Mayo 19, de 1915. Adiós, con recuerdos a mi hermano; y [dile] que le agradezco su representación.

Le das mis recuerdos a don Fabio y [a] su señora, y le doy las gracias por los favores que os está dispensando; y [le dices] que deseo tener [la] ocasión de dárselas yo en persona.
Vivir con precaución por donde uno se encuentre. Adiós, hasta vernos.