lunes, 16 de marzo de 2009

Antonio y Carmen



Antonio Luaces González, conocido por Tono do Outeiro (Roucos, 1910-1981) y Carmen Losada Seoane (Roucos, 1912-1998). Vivían en O Outeiro.

Hijos: Erundina, Gloria, Carmen, Dolores y Antonio.


Antonio Luaces G., abrió el bar Verín  en la calle Placer (Vigo) el cual regentó durante unos pocos años; luego regresó a Roucos.

Antonio Luaces González es hijo de Juanita González (Roucos).

Carmen Losada Seoane es hija de Gabriel Losada y Felisinda Seoane, vecinos de Roucos en O Rincón.

Hijos de Gabriel y Felisinda: Ignacio, Manuel O Labula de a A Cima do Campo, Ramón el acordeonista casado con Avelina que vivían en A Verea, y Carmen (esposa de Antonio Luaces de O Outeiro).

Enrique Rodríguez Gómez






Enrique nació en Roucos el 15 de enero de 1920. Hijo de José (guelfo) y de María. Sus hermanos: Luis (murío en la Guerra Civil), Graciano (casado con Silvina), Emilio (casado con Dina), Celsa y Concha (murió soltera).

Enrique casó con Josefa; tuvieron dos hijos: Manuel y Odilo.

viernes, 6 de marzo de 2009

Años 1827, 1826 y 1096

En 1827 el ilustrado vecino de esta jurisdicción, don Joaquín Pardo desde su casa de Esposende perteneciente, en el Antiguo Régimen, a la jurisdicción de Roucos, envía a los redactores del amplio Diccionario Geográfico Estadístico de España y Portugal a cargo de Sebastián de Miñano, una larga carta describiendo la feligresía de San Lorenzo da Pena.
Siglos antes, el 13 de abril del año 1096, se redactaba el documento testamentario de la religiosa doña Marina Moninz, viuda de Ero Osóriz, mediante el cual ésta dona al monasterio de los Bernardos, de San Clodio, en el valle del río Avia —los Bernardos levantan sus edificios en los valles, los Benedictinos en las montañas— «ad integro» la aldea de Esposende «Et est ipsa uilla in loco praedicto Spanosendi, super karral antiqua, et damus ad ipsos sanctos ipsa uilla ad integro». Por eso la descripción de Esposende (Santa Mariña y Santiago) no aparece incluida en esta de Roucos en el catrastro de Ensenada de 1752; era de los dichos Bernardos. El monasterio de San Clodio sería auditado aparte.
Los redactores del Diccionario deciden incluir, por muy oportuna, la descripción del señor Pardo en el tomo XI publicado en 1828 «Aunque en el Diccionario se dio una descripción bastante exacta de esta feligresía, comunicamos las siguientes noticias de ella que nos remite el señor don Joaquín Pardo». Aquí la mirada del ilustrado vecino de Esposende:
«Pertenece [San Lorenzo da Pena] al partido de Ribadavia y juzgado de Roucos a excepción de Cuñas, uno de los siete pueblos de que se compone que corresponde al de san Clodio por pertenecer al dominio del monasterio de Bernardos que hay en este pueblo, quien percibe de Cuñas el quinto de su cosecha de vino. El diezmo de San Lorenzo corresponde al cabildo de Orense, y aunque el terreno es fértil, considerable número de sus naturales vive en la indigencia a causa de lo muy grabadas que están las tierras que cultivan pues asciende a 1.500 moyos de vino lo que le pagan de renta anual. Tiene de extensión esta parroquia tres cuartos de legua. Su término es de figura irregular que se aproxima a cuadrilonga y está situada en una gran colina que sube desde el río Avia y en su margen izquierda a las alturas de unos montes escarpados que hay entre las parroquias de San Félix de Navío, Beariz y Cenlle. La mitad del territorio es viñedo de buena calidad y alguna parte produce maíz, patatas, legumbres y frutas; la otra mitad se compone de montes poblados y rasos, y sobre todo de muchos y grandes peñascales de que se supone adquirió su nombre esta parroquia. La iglesia de ella según los vestigios que se observan quedó de los templarios, y lo mismo la casa rectoral según indican también varios monumentos de ellas. Está situada en el centro de la parroquia y casi en medio del declive de la colina e inmediato a ella la casa rectoral con 4 vecinos, 13 habitantes, y el lugar de San Lorenzo de Temple muy sano; tiene éste una fuente de exquisita agua que nace de una peña y en abundancia para beber y regar unas huertas que producen buenas frutas y hortalizas. Este lugarcito y la iglesia está circundada de montes poblados de castaños, robles y grandes peñascos por la parte alta de sus colinas, en donde se descubre a larga distancia la casa llamada del Formigueiro. Bajando una cuesta como un cuarto de hora en una llanura próxima al río Avia está situado el pueblo de Cuñas en medio de viñedo; consta de 50 vecinos, 179 habitantes; tiene una ermita o capilla hermosa titulada San Benito a donde concurre mucha gente por marzo y julio, y en un día de cada mes de éstos se celebra mercado. Hay también cofradía privilegiada con muchas indulgencias concedidas por Alejando VII, y todos los sábados concurren muchos devotos del Santo. Este pueblo con el de Pazos y Coedo son muy cálidos en verano, y fríos por las muchas nieblas en invierno. Al S. de dicho pueblo de Cuñas siguiendo la llanura del Avia como 10 minutos de camino, se haya el de Coedo a la falda de la colina e inmediato al río entre viñedo que es su producción principal, con algunas huertas de frutales y hortalizas; tiene 7 vecinos y 39 habitantes. Al S. de éste y a distancia de 7 minutos, se encuentra Pazos Hermos un poco más elevado pero a la falda de la colina y proximidad del río en medio de viñedo, huertas y frutales; tiene 37 vecinos, 136 habitantes. En este pueblo tiene el conde de Ribadavia una casa muy buena y granja; hay también en el Avia inmediato a él un molino harinero de nueva y buena fábrica con 3 ruedas; este pueblo y los dos anteriores de Cuñas y Coedo están dominados de monte y peñascos por el E. que forman la colina, por la cual y por camino bastante escabroso se sube a la iglesia parroquial. Al E. de Pazos y S. de la iglesia como a un cuarto de hora de ésta se haya Lentille situado en un vallecito estrecho que forma la colina, y a la altura casi de la iglesia le atraviesa un arroyuelo que baja de Roucos y corre al Avia por la inmediación de Pazos en que hay 4 ruedas de molinos de harina que tan sólo muelen en invierno; tiene 26 vecinos, 114 habitantes; está circundado de viñedo, montes peñascosos y tierras de labor que producen algún maíz, habas y hortalizas; su clima es saludable. Siguiendo el valle y arroyo al E. de Lentille y un cuarto de hora de camino se entra en el pueblo de Roucos, situado entre viñedos, arboledas, tierras labradías y algunos prados artificiales en un espacioso valle que forma la colina, algo elevado y circundado de dos arroyuelos que unidos forman el que pasa por Lentille; su situación es saludable y despejada; inmediato al arroyuelo que le baña por el O. hay aguas minerales de las que no se hace uso, y no se conocen por consiguiente las virtudes que puedan tener, dista de la parroquia un cuarto de hora; se compone de 18 vecinos, 75 habitantes. Al S. y como a 6 minutos de distancia, se elevan las ruinas de una fortaleza, castillo o casa fuerte llamado de Roucos del que se cree tomó nombre el pueblo, con muestras de mucha antigüedad , propio de los condes de Ribadavia y que se dice fue habitado en tiempo del feudalismo. De este pueblo toma nombre la jurisdicción que comprende 16 parroquias y pertenece al partido de Ribadavia; los condes proveyeron siempre de juez hasta últimamente que ejerce esta prerrogativa el Real Acuerdo. Al E. de Roucos y 5 minutos de camino, se haya la Quintá entre viñedos y arbolados y confina con la parroquia de Santa María de Cenlle».
Las razones que motivaron a don Joaquín Pardo a redactar esta detallada descripción de la feligresía de San lorenzo da Pena, seguro fue lo que sobre la misma pudo leer a principios de ese año en el tomo VI, página 477, del mencionado Diccionario publicado el año anterior. Allí se dice:
«Pena (San Lorenzo da), Feligresía S. de España en Galicia, provincia y obispado de Orense, Jurisdicción de Roucos, J, O., 150 vecinos, 680 habitantes, 1 parroquia que consta de siete pueblos, que son este de San Lorenzo, Roucos, Quintá, Lentille, Pazos Hermos, Coedo y Cuñas, con un anejo llamado Santa Marina de Esposende. Todos ellos están situados en el grande y hermoso canal del Ribero de Avia, y les baña por O. el río de este nombre, que los separa del obispado de Tuy. El anejo está en un llano al S. de la matriz, y en una colina de bastante declive, a excepción de la parte correspondiente al río, que es llana y forma valle. Por esta parte goza de un clima bastante cálido en verano, y húmedo y nebuloso en el invierno; por lo demás tiene una temperatura regular, sobre todo en primavera y otoño, cuyas circunstancias y las de los productos son aplicables a todos los pueblos de esta ribera. Confina por S. con Ribadavia, a una legua; por N. con Santiago a 11, por E. con Orense a 4, y por O. con Pontevedra a 9. Los más inmediatos son por N. la aldea de San Clodio, con un monasterio de PP. Bernardos; por N. E. San Miguel de Osmo; por S. E. Santa María de Cenlle; por S. Esposende su anejo, y al S. de este Santiago de Esposende; por S. O. la encomienda de Santa María de Beade, río en medio, como también por O. San Adrián de Bieite. Produce excelente vino llamado del Ribero, y exquisitas pavías; algún maíz, poca castaña y lino. Contribuye 7,200 rs.».
Esta primera descripción, de la que desconocemos su autor, evidentemente fue considerada por el letratado vecino de Esposende de escaso interés por escueta y genérica. Gracias le damos a don Joaquín por su testimonio que además de dibujar con mayor precisión el mapa de estos lugares nos ofrece buena y detallada cuenta de cómo sus naturales en ella (mal) vivían entonces.

Boda de Eudosia y Manuel


Fotografía del día de la boda de Eudosia Montero Puga y Manuel González Arias. Se casaron el jueves, 20 de mayo de 1915.

Tuvieron los siguientes hijos: Manuel, Asunción, Eugenia, Sira, Gonzalo, Eudosia y Teresa.

Año 1890
Manuel González Arias nació en Freás de Ourantes en 1890. Al casarse, en 1915, se instaló en Roucos y allí siempre residió. Desde 1984 descansa en el cementerio de San Lorenzo da Pena. Era el mayor de cinco hermanos. Su padre, Vicente, estaba en Buenos Aires hacia 1895. Hacia allí había emigrado para ahorrar y así incrementar la exigua hacienda que poseía su humilde familia. Encontró ocupación en aquella urbe como mayordomo en una residencia de curas. Quizá con éstos adquirió Vicente cierta capacidad retórica, o amplió la que de natural poseía. Regresó a su aldea en torno a 1902. Cuentan de él que era muy ocurrente y gozaba de un excelente humor. Vicente preparaba las conversaciones que en tal o cual circunstancia pronto tendría que acometer; entonces, el día anterior, ante su familia reunida en torno a la mesa ensayaba «según le vea le digo esto, luego él me responde aquello, yo le contesto que». Así diseñaba la conversación que le aguardaba al día siguiente para atender el asunto pertinente. Con frecuencia retornaba de sus asuntos y conversaciones con cierto semblante compungido. Al ser preguntado por los suyos que cómo le había ido «vaya, yo le dije lo pensado, pero el hombre no respondió lo que yo había previsto, con lo cual...». Estos pequeños contratiempos no le impedían volver a diseñar meticulosamente futuras actuaciones.
Manuel, presumía con frecuencia de que a los diez años acompañado de su madre, Adelaida, acudía a la feria y era él quien ajustaba el precio de las transacciones. A esta edad Manuel ya andaba echando cuentas de cuál sería el momento oportuno para irse a la Argentina. Marchar cuanto antes. Perder el tiempo siempre le pareció el mayor de los despilfarros que un hombre puede asumir. Un sentimiento de urgencia lo recorría. No quería servir a rey alguno. Su sentido de independencia no le permitía ser ni siervo ni soldado. Emigrar antes de cumplir el servicio militar no estaba permitido a los mozos. La única opción: salir clandestinamente del país. Lo arreglaría; sabía que otros vecinos lo habían hecho. Resultaría algo más caro el pasaje; su padre le daría en préstamo el dinero necesario, y tan pronto allá tuviese trabajo sus primeros ahorros servirían para reponer la cantidad tomada en préstamo; para él era así como había que proceder.

Años 1911 y 1905
Hacia 1902 Vicente había regresado a Freás con algunos ahorros. Y fue entonces cuando su hijo Manuel sintió que su hora de partir se aproximaba. Eludir la obligación de servir, de hacer el servicio militar: un imperativo. Se iría a la Argentina. Allí se forjaría una vida propia, y con el primer beneficio obtenido saldaría el importe «a metálico» de su licencia.
El documento oficial que recoge este sueño realizado con esfuerzo y tesón dice literalmente:
«El Excmo. Sr. Capitán Gral. de la 8ª Región y en su nombre el Teniente Coronel 1er. Jefe de la Caja de Recluta de Orense nº 108 D. Manuel Rivera Avia CONCEDO PERMISO, con arreglo á lo prevenido en el art. 6º de la ley de reemplazos del 11 de julio de 1885, modificada por la de 21 de agosto de 1896, al recluta en depósito Manuel González Arias, hijo de Vicente y de Adelaida, natural de Freas (Pungín), Juzgado de primera instancia de Carballino de 21 años de edad, para que pueda pasar a Freas (Pungín), en la provincia de Orense. Fue alistado en el reemplazo de 1911, ingresó en Caja en 1º de Agosto de 1911, y obtuvo en el sorteo el número 14, habiendo sido exceptuado de prestar servicio ordinario activo por haberse redimido a metálico.
»Queda enterado de las prevenciones insertas al dorso, á las cuales dará el más exacto cumplimiento. Orense 29 de Sepbre. de 1911. Manuel Rivera (firma). Anotado al folio 97 núm. 1950».

Hacia 1905, una mañana antes del amanecer portando un exiguo equipaje se despide de sus padres y hermanos. Va nombrándolos a la vez que los abraza largamente; ya en la cena fueron recitadas con seriedad y ternura todas las recomendaciones que sus padres podían y debían ofrecerle. «Rosa, José, Esperanza, Soledad; papá, mamá. Regresaré pronto. Todo irá bien». Por aquellos caminos, más intuidos que visibles, echó a caminar siendo aún noche plena. En poco más de media hora a paso decidido alcanzó Barbantes donde tomaría el tren hacia Vigo. La línea de ferrocarril Ourense-Vigo se inauguró oficialmente en 1881; en 1883 llega el primer tren a Ribadavia. Nunca antes Manuel había viajado en el tren. Tenía a la sazón 14 años ya cumplidos. Sentado en un vagón de tercera clase sólo hacía pensar si allá, tal como le había escrito en la última carta recibida, estaría su primo José Benito esperándole en el puerto de Buenos Aires. Iba amaneciendo y aunque la mirada la recreaba por los recovecos que el río Miño mostraba entre la niebla, él ya no estaba aquí con la mente; su imaginación toda se esforzaba en lograr una vivaz imagen del puerto bonaerense. José Benito, unos cinco años mayor que él, trabajaba de mancebo en una céntrica botica de aquella ciudad que iba muy pronto también a ser la suya. José Benito y su mujer, Elvira, regresaron de Buenos Aires hacia 1950; construyeron una casa en el monte el Castro en Vigo, en la parte que da al valle del Fragoso; un chalé se decía, y allí transcurrieron sus días cosechando hierbas aromáticas y medicinales que ponía secar envueltas en papel de estraza en los bajos de la casa. Ya octogenarios se trasladaron a vivir al asilo de ancianos que regentaban las Hermanitas de la Caridad, situado en la margen derecha de la calle Pi y Margall, entonces y desde 1939 con el nombre de General Aranda y vuelto a recuperar el primer nombre desde la muerte del dictador y vencedor de la Gerra Civil, desde el que se podía disfrutar de las mejores vistas sobre la bahía. Una mañana José Benito cruzó la calle, a sus 92 años cumplidos, para echar una carta al buzón situado en la acera de enfrente del asilo. Un coche lo atropelló en el paso de peatones. Murió ese día.
Así, sumido en los inaugurales instantes de un sugerente futuro, Manuel llegó a la ciudad de Vigo sin apenas reparar en esas casi cuatro horas de su viaje inaugural en tren ni en los paisajes que desde la ventanilla podía disfrutar; ni tan siquiera, al llegar a Redondela, la vista del mar lo apeó de esa imagen de Buenos Aires que se había forjado escuchando a su padre y leyendo las largas y ceremoniosas cartas que de Buenos Aires le remitía dos veces por año el primo José Benito. Al bajar del tren enseguida reconoció al contacto que debería conducirlo al lugar de embarque. Un saludo breve «soy Manuel González, de Freás», a lo que escuchó un apresurado y discreto «Bien, vamos». Por calles de gran pendiente fue conducido, en silencio, a la trastienda de una lúgubre fonda del puerto apenas iluminada por una bombilla, seguro que de veinticinco watios. Del paso por la ciudad nada recordaba excepto la fonda donde aguardó el momento de hacerse a la mar. Se sumó en aquel cuarto a una docena aproximada de mozalbetes que como él soñaban prosperar en la Argentina, alcanzar allá una vida más digna que la que hasta entonces Galicia, su tierra, les mostraba como futuro inmediato. Sentados en el suelo los mozos fueron consumiendo las horas; algunos, los de más edad, liaban unos cigarrillos, otros sacaban de sus macutos un trozo de pan centeno con algo de tocino o chorizo para almorzar; horas más tarde, interminables, para cenar. Bien entrada la noche nadie dormía. Sonaron unos golpes en la puerta. «Nos vamos». Escuetas las órdenes. Salieron en silencio. Recorrieron una callejuela oscura que conducía a la ría. A unos trescientos metros, ya en la orilla del mar, podían verse las luces de un gran buque atracado al muelle de trasatlánticos y sus reflejos en las aguas. Pero las órdenes eran escuetas y ágiles «venga, bajar con cuidado». Bajaron las escaleras tapizadas de verdosas y resbaladizas algas y ya sobre la cubierta de la barcaza el mismo hombre que hacía de contacto y jefe de la clandestina expedición les señaló una abertura poco más ancha que la boca de una cuba de vino «acomodaros lo mejor que podáis, y tened paciencia, sólo serán unas horas». Entrando en la barriga de aquella barcaza, y de rodillas, no había suficiente altura, fueron buscando acomodo. Acostados, aferrando sus pequeños petates sintieron la necesidad de arrimarse los unos a los otros. Entraron todos. Taparon la boca. Se acostaron. Empezaron a sentir un suave balanceo. Estaban en la mar. Transcurrieron unas tres horas poco más o menos. ¿Sería las tres de la madrugada? En silencio, quietos, atentos a cualquier sonido o movimiento. Nada se oía excepto las suaves olas contra la panza de la pequeña embarcación. Apenas acomodados un motor se pone en funcionamiento. Sienten que la barcaza se desplaza sobre las aguas. Cabecea con suavidad. Han abandonado el muelle. Transcurren los minutos. No hablan. Escuchan. Sienten el balanceo que poco a poco se hace más acusado. Un par de horas después de haberse hecho a la mar el movimiento se hace más intenso, a veces brusco, bastante brusco. Sienten, allí acostados, mareos. Alguno vomita. Nada se dicen. Otra hora más y destapan la boca en la barriga de aquella nave que no cesa de dar bandazos inquietantes para los mozos, no así para los dos tranquilos pero serios tripulantes. Oyen levantar la tapa, a la vez que les inunda un fuerte olor a salitre. Se hayan al próximos a las islas Cíes. Los mozos emigrantes no saben dónde se encuentran. «Venga. Recoger el petate. Salir, salir con cuidado. Agarraros a las cuerdas». Van asomando a cubierta, agachados se agarran a una maroma que hay tensada a ras de suelo de proa a popa. La barcaza no cesa de cabecear acodada a la panza de un gran buque: el que habían visto iluminado en el puerto horas antes. El jefe de la expedición clandestina les va indicando cómo subir al trasatlántico por una estrecha escalerilla «Sujetaros bien, no miréis hacia abajo, subir despacio; buen viaje amigos». Son las últimas indicaciones, las últimas palabras que escuchan en su país. Agradecen con la mirada ese «amigos» pronunciado en un tono menos taxativo que el resto de las pocas palabras que en ese día les habían dirigido. Al final de la escalerilla, de unos cuatro metros de recorrido, les esperan tres hombres, uno de ellos ataviado con uniforme y gorra de plato, los otros dos parecen, por la vestimenta y modales, campesinos. Los van saludando a la vez que les tienden una mano introduciéndolos abordo. Aceden a una sala de techo bajo con ventanucos redondos iluminada por una lámpara que emite una tenue luz amarillenta. Ya están todos allí reunidos. El capitán les da la bienvenida, ordena a uno de los marineros que los identifique y les dice que los dos marineros que le acompañan les indicarán qué hacer, donde alojarse y se despide con un escueto «obedezcan sus órdenes; feliz travesía».
No son polizones. Han pagado por adelantado sus pasajes de tercera clase y también pagaron el corto y mareante viaje en el vientre de la barcaza y los servicios del contacto. Son prófugos. No han cumplido el servicio militar y por lo tanto no deben salir de su país. Pero han pagado su pasaje, y ya abordo del trasatlántico están en regla sobre la basta mar. Allí, en la mar, el Capitán es toda la autoridad ante la que debían responder; y éste les había deseado «feliz travesía». Sus billetes estaban en regla. Nada ya, pues, que temer. Ocuparán sus catres y tras catorce días de navegación llegarán a la Argentina. Los dos marineros los conducen por pasadizos, inundados de un fuerte olor que no acaban de identificar, hasta llegar a una gran sala apenas iluminada en la que hay varias hileras de camas en literas de tres alturas en las que puede observarse a personas que duermen o parece que duermen. A cada uno les van asignando un catre. La orden es de que se acuesten. Serán sobre las cuatro de la madrugada. Cuando suene el silbato, al amanecer, deberán levantarse.
El viaje hacia Buenos Aires, ya todo en regla, ha comenzado. Sobre la mar océana sus sueños no hacían más que expandirse. Transcurren sin contratiempos los días de navegación.
Han transcurrido catorce días. Paseando por la cubierta aquella mañana mirando el horizonte, de pronto, ve tierra. Se encarama a una de los botes de salvamento, observa cómo se acerca primero la Argentina, pronto Buenos Aires. Las horas de aproximación no las percibe. Mira. Mira con ansiedad al gentío que hay sobre el muelle. Agita el sombrero que su padre le había traído de esa misma ciudad que estaba a punto de recibirle. Lo había adquirido Vicente para su hijo en una sombrerería que luego él había de frecuentar y que estaba al principio de la avenida Ribadavia. Subido a aquel bote salvavidas para poder ser visto con mayor facilidad, buscaba entre el gentío del muelle. Él agitaba el sombrero con entusiasmo mientras que... Allí estaba su primo José Benito. Allí estaba. Habían transcurrido seis años desde la última vez que lo vio allá en Freás, cuando fue a despedirse de su tía Adelaida y de sus pequeños primos. Manuel lo reconoció y en esa sensación prendió la seguridad de hallarse en un camino prometedor. Nada ya podía atemorizarle. Años más tarde, también para Buenos Aires emigrarían sus hermanos José, Rosa y Soledad. Éstos de allí ya nunca regresarían. Recuerdo que en ocasiones yo escribía cartas que me iba dictando el abuelo dirigidas a su hermana Rosa; de la dirección postal que con mucho cuidado y buena letra escribía en el sobre sólo consigo recordar: Rosa González Arias, Avellaneda, - Argentina. Insistía el abuelo «haz buena letra ¡rediez!»; eso decía. Manuel no juraba ni blasfemaba. Me dictaba y a cada dos o tres líneas «haber, léeme lo que has puesto», y leía yo. Asentía. Continuaba el dictado.
Desde 1857 hasta 1924, la Argentina fue, después de Estados Unidos, el segundo país de América que recibió más inmigrantes europeos. Según las estadísticas, en ese período llegaron a ese país 2.602.000 italianos y 1.781.000 españoles, la mayoría gallegos y asturianos. El año en que la ciudad de Buenos Aires recibió más italianos fue 1906: 127.000. Seis años más tarde se registró el récord de llegada de españoles: 166.000.

martes, 3 de marzo de 2009

Diario de guerra de Primo Nóvoa Cendón




Primo 'volando' entre dos amigos durante la Guerra Civil Española.

Primeras páginas del diario de Primo durante su estancia en el servicio militar.

«Historia de Primo Novoa. El año de 1937 a mes de agosto, día 14 fue alistado el soldado Primo Novoa del reemplazo de 1939. Natural del ayuntamiento de Cenlle partido de Ribadavia, provincia de Orense; entró prestando sus servicios al glorioso movimiento nacional con toda su voluntad, y, patriota entró en el cuartel primero de Celanova, segundo en Orense, San Fracisco tercero, Dueñas en Palencia cuarto, Venta de Baños, y el día 11 de marzo de 1938 marché al frente de Aragón sin entrar en línea. Estuvimos tres días en Navarrete . Alcañiz, allí entramos en línea el dieciocho por la noche; el día 19 tomamos Valdealgorfa y Horta, después Arnes. Al fin fui herido el día 4 de abril entrando en el hospital el día cinco en Calaceite y después en Valdealgorza y en Alcañiz, y de allí a Zaragoza, a Oña provincia de Burgos y después a Valladolid al hospital de Calderón y después al provincial y después a Zamora, que entré el día 24 de abril y salí el 14 de octubre».

Primo Novoa (A Torre - Cenlle 1918 - 1997) se casó con Felisa Novoa Diéguez (nace en Roucos, fallece en julio de 2006); tuvieron dos hijos: José Antonio y Vicente. Primo y Felisa vivieron en Cenlle, donde Primo ejerció de zapatero. Cuando Primo se jubila, él y su mujer se trasladan a vivir a Roucos donde aún vivía el padre de Felisa, el señor Joaquín Novoa Montero.

lunes, 2 de marzo de 2009

Don Pedro y doña Sancha




Pedro Vázquez de Puga, alcaide del castillo de Roucos entre el siglo XV y XVI, y su esposa Sancha Bello Mosquera.

Don Pedro Vázquez de Puga, hijo de Vasco de Puga y doña Briolanda oxea de Albán, era de Roucos; se casó con doña Sancha Bello Mosquera.

D. Pedro y Dª. Sancha descansan en el sepulcro mural que hay en el antiguo ábside del Evangelio, hoy baptisterio, en la iglesia de santo Domingos de Ribadavia.